Las jornadas del jenízaro

Habíamos zarpado desde Alejandría, las tierras de Egipto habían quedado atrás y los cielos auguraban una navegación tranquila hasta la isla de Creta. Partimos al atardecer, el cielo rojizo fundiéndose en las incipientes tinieblas sosegaban mi corazón intranquilo. Distraídamente recibía la boquilla de la shisha de manos de un griego. Di un vistazo veloz a quienes exhalaban el humo a mí alrededor. En su mayoría, griegos, egipcios, persas y turcos. Entre la humareda sentí el fulgor de unos fijos ojos verdes. Cuando el humo se disipó reconocí su rostro, era Hakim, mi hermano de armas en el cuerpo de jenízaros ¿había escapado también del palacio del sultán? Más me valía, porque de lo contrario habría abordado el barco con la intención de matarme.

Instintivamente deslicé la mano izquierda entre mis ropajes para acariciar la empuñadura de mi daga, mientras con la derecha le pasaba la boquilla a un turco. No había visto a Hakim abordar el navío, el verdor mortal de sus ojos lo habría delatado al instante, el mismo verdor que se distinguía entre las cortinas de sangre que hacía brotar de nuestros enemigos en batalla blandiendo un afilado kilic. No llevaba su espada, pero hombres como nosotros, que habíamos matado a tantos, no podríamos nunca caminar por el mundo sin armas. Yo lo sabía, él también estaba acariciando un arma, no podía ser de otra manera.

Pronto se hizo de noche y las estrellas poblaron el cielo como si fueran un enjambre. Hakim se levantó lentamente y desapareció entre las tinieblas, del mismo modo en que solía hacerlo cuando vivíamos en el Palacio Topkapi. Me levanté también, solté la empuñadura de mi daga y observé en derredor posibles amenazas; no encontré ninguna. Con toda probabilidad más de la mitad de mis compañeros de viaje eran fugitivos al igual que yo, estafadores, ladrones, o asesinos; pero todos nos hacíamos pasar por comerciantes de telas. Hakim seguramente estaba solo, y era poco probable que el imperio hubiese ordenado la búsqueda de un solo desertor. Sin embargo, sus ojos siempre anunciaban la muerte, no había motivos para que él hubiese abandonado el cuerpo de jenízaros, él disfrutaba de la guerra y de las masacres.

-Abbas- dijo al encontrarme con él cuando la luna brillaba sobre las aguas y todos dormían.

-La paz sea contigo, hermano.

Hakim no tenía bigote, pero tampoco usaba barba, tal cual está prohibido para un jenízaro.

-El sultán pregunta por el comandante de una de sus ortas.

-Constantinopla es grande y eterna, hermano, pronto la orta que abandoné tendrá un comandante mucho más digno de tal honor.

Alzó la vista y resopló, se puso de espaldas con las manos apoyadas contra la baranda del navío. Nuevamente acaricié la empuñadura de mi daga, tenía la muñeca preparada para extraer el frío acero y enterrarlo en su pecho si me era menester.

-Deja la daga, Abbas, no te servirá de nada-habló categóricamente, sin voltearse.

Debí suponerlo, siempre fue nuestro superior en gracia y habilidad, nadie entre los jenízaros podía igualar su destreza y fiereza en combate. Era como si Nuestro Señor lo hubiese nombrado su representante en la tierra, es decir, como si le hubiese otorgado el poder divino de matar y destruir por donde fuera que llegaran sus pasos. No era posible que pudiera ser muerto con tanta facilidad.

Como si me hubiera adivinado el pensamiento, Hakim habló.

-Hemos combatido espalda con espalda, si la sesera no se te ha secado al haber abandonado el palacio, deberías saber, Abbas, mi hermano, que nos une la sangre, no la que corre por nuestras venas, sino la que por nuestra causa hemos derramado. Nuestras espaldas sabrían cuando el acero de nuestro hermano no busca el enemigo, sino la carne que hasta hace poco protegía, como ha ocurrido hace un instante.

Solté la empuñadura, si quisiera matarme no podría hacer nada, su acero me abriría velozmente las entrañas y yo moriría pensando que de pronto me ha dado sueño. Ya había sido un largo y penoso viaje tratando de huir del imperio que alguna vez fue mi hogar. Quizás Hakim sería el encargado de hacerme descansar de las temibles cargas de mi corazón, así que cerré los ojos y aspiré la salobridad del mar como para condimentarme el alma. Pero Hakim siguió hablando.

-Siéntate, ya has tomado aire y debo hablar contigo antes de que lleguemos a las blancas tierras de Creta.

¿Pensaba matarme antes de llegar a Creta?, quizás, pero también quería hablar antes de cumplir su misión como exterminador. Lo mismo daba, aquel asunto difícilmente se zanjaría sin que nuestras sangres abandonaran nuestras venas. Hakim acercó dos cojines y un narguile con la misma delicadeza y elegancia con que se esperaría la charla con un amigo querido que el tiempo ha separado, pero que pese a todo, sigue presente en el pensamiento, como un buen amor, de esos que ya no queman.

-Pensarás, hermano, que he venido a este barco con la intención de matarte, en ello tienes toda la razón, mi daga se sentía inquieta dentro de su vaina, ansiaba cebarse con tu sangre. Sin embargo, ahora es probable que deje que llegues a Creta, nuestro imperio todavía no la ha tomado y podrías perderte entre sus montañas, hacerte pastor y usar el cuchillo solamente para degollar animales. No me detiene el hecho de que seas mi hermano de armas, la compasión fue arrancada de nosotros desde muy jóvenes, como una hierba estorbosa que pone en peligro la estética de todo el jardín; nosotros fuimos podados y arrancados a placer, para formar el jardín del sultán, y por eso mismo se que tu tampoco dudarías en matarme, y que aunque yo lograse apagar tu vida, las heridas que me habrás de infligir acabarían con la mía, larga y dolorosamente. Pero tampoco es por ello, Abbas, que dudo de si matarte o no.

– ¿Entonces cual es el motivo, Hakim? – respondí después de exhalar una bocanada de humo.

-Necesito un testigo

-¿A qué te refieres con ello?

-Presta atención, Abbas, por ello te he abordado mientras todos duermen, necesito a alguien que pueda contar mi historia, es lo único que le queda a un hombre. Intenté escribirla, pero a diferencia tuya, nunca tuve la pretensión creadora del poeta, mis manos acostumbradas a matar tiemblan cobardemente al manipular una pluma. Necesito contársela a alguien del mismo modo en que un moribundo necesita la muerte ¿me escucharás?

-Te escucho, hermano.

Me lo agradeció asintiendo mientras cerraba los ojos, se tocó la cabeza como si le doliera y sus fijos ojos verdes resplandecieron en medio del humo, de las antorchas y de la luz de la luna. Empezó su historia, con voz tranquila pero firme, con ese tono de voz que se adquiere después de haberse hecho sabio, después de haber sentido y ocasionado grandes angustias.

“Al igual que tú, hermano, ingresé al cuerpo de jenízaros siendo todavía un mozo. No nací turco, nací en Tesalónica, hijo de comerciantes. Por mis venas corre sangre griega y crecí escuchando historias sobre mis gloriosos ancestros. Mi madre no me llamaba Hakim, pero mi nombre originario quedó sepultado en las aguas mediterráneas cuando nuestro barco fue tomado por turcos, los mismos en cuyo nombre he matado.

Sollocé amargamente e imploré a mis captores que me dejasen regresar con ellos, pero recibí una bofetada y fui gritado en un idioma que no comprendía. Me palpaban brazos y piernas y me abrían los párpados con los dedos, como comprobando algo. Luego me encerraron junto con otros infantes como yo. Después de largas jornadas de viaje llegué a una ciudad cuyo nombre no tardé en pronunciar, Constantinopla. Mis ojos se sentían llenos de arena de tanto llorar, estos mismos ojos que han visto apagarse tantas vidas alguna vez sufrieron tanto que nunca más volvieron a humedecerse. Me aferraba a un crucifijo que había logrado esconder entre las ropas menores, mientras repetía con voz temblorosa “Kyrie eleison, kyrie eleison, kyrie eleison” (señor, ten piedad) . Sin embargo, el Señor no tuvo piedad conmigo.

Mi paso por la ciudad imperial fue corto, detallé las mezquitas, los obeliscos, los vestidos suntuosos, y los barcos a la entrada del estuario que más tarde conocería como el “Cuerno de oro”. Para mí todo era tan brillante y magnífico que los rayos del sol hacían parecer que toda la ciudad estuviese recubierta en oro, verla hería la vista, era una belleza insoportable. De Constantinopla tuve una impresión que conservo hasta el día de hoy, tanto esplendor no podía sostenerse sin una cuantiosa medida de sufrimiento, del mismo modo en que el fuego necesita algo que consumir para seguir ardiendo.

En la ciudad, mis captores cruzaron palabras con hombres ataviados con los mismos ropajes. Separaron a algunos de mis compañeros de infortunio y los dejaron en la ciudad, otros como yo, partimos en caravana hacia otras tierras. Ya no estaba encerrado ni me abofeteaban, pero los fornidos hombres armados con espadas curvas que se sentaban a mi lado me daban la seguridad de que seguía siendo un prisionero. El terror que sentí en el mediterráneo y que se mantuvo conmigo hasta entrar a Constantinopla se había convertido en asombro, al observar las maravillas de esa tierra extraña, y empecé a sentir culpa. Sentí que para honrar la vida que había llevado hasta ese momento debía de estar sumido en las más insondables simas de la angustia, mi asombro era una traición, y por primera vez sentí deseos de morir.

Cuando un niño piensa en la muerte lo hace con la misma profundidad con que un astrónomo observa los cuerpos celestes, deseando abandonar la prisión de la carne e irse flotando hasta ellos. Así mismo mi alma de niño ansiaba retornar a la nada, de entregarme al estado donde no se siente, donde no se extraña ni se desea. Pero un niño en su sabiduría sabe que ya ha existido, y no habrá muerte ni olvido que borren su trasegar porque los ojos de Dios ya saben que una de sus ideas se ha hecho carne, y que él no le permitirá descanso alguno.

Llegamos a una tierra de valles y piedras erguidas como pilares, algunas de ellas tenían inscripciones en lenguas incomprensibles y otras representaban formas humanas. Parecían los restos de un imperio que sufrió el azote de los cielos, dejando las piedras como reminiscencias de un gran esplendor. Esta región es la que conocemos como la Capadocia, y fue allí donde empezó con totalidad mi otra vida, esta que conoces, hermano. Los guardianes me tomaron por el brazo y me guiaron hasta una pequeña población de casas de roca a la ladera de una colina, en el portal de una de ellas me esperaba un hombre de aspecto severo, no llevaba armas, pero no las necesitaba, aquel hombre podría imponerse sin necesidad de desenvainar una espada.

El hombre cruzó algunas palabras con mis captores, y se despidieron con reverencias. Yo me quedé de pie observando las figuras que durante muchas lunas habían estado conmigo desaparecer en el horizonte, tal como desaparecía el sol en ese preciso instante ocultándose entre las montañas. ¿Tú crees, Abbas, que puede tenerse cierto afecto a quienes nos han hecho mal? Yo creo que sí, esos hombres me habían arrebatado de mi hogar, no volvería a ver la ciudad que me vio nacer, y mis padres probablemente murieron de tristeza si es que no lo hicieron bajo el filo de las espadas turcas; aun así, sentí una pequeña tristeza en mi pecho al verlos alejarse, como si una llama en mi corazón amenazara con apagarse. El hombre me tomó por el brazo e interrumpió mis cavilaciones, me hizo entrar en la casa. No lo hizo con brusquedad, pero tampoco había indulgencia, era como si simplemente fuera el ejecutor de un destino inalterable.

Era una casa muy adecuada al carácter estoico del hombre que me había hecho entrar. No había demasiadas alfombras, y los ornamentos eran prácticamente inexistentes en comparación con la ostentosa Constantinopla. Me sentía extraño, después de muchas lunas nuevamente pisaba un hogar; pero aquel hombre no era mi padre, las mujeres no eran ni mi madre, ni mis hermanas. Inútilmente busqué sus rostros una y otra vez en aquellas nuevas caras que veía, pero era baladí. El hombre me condujo hasta un pequeño, pero limpio rincón, con telas suaves y cómodas adornadas con bordados dorados. No era un prisionero a los ojos de nadie, pues el metal de los grilletes no laceraba mi carne, ni el filo de ninguna espada amenazaba con cortarme a la mitad; pero no podría irme de allí, el miedo era mucho mayor que mi asombro.

No pude dormir a pesar de estar sobre un lecho limpio y no sobre madera podrida o sobre arena, pensaba en todo lo que había pasado, y sentí que mi vida se asemejaba a la de un caballo desbocado que no siente la prisa porque le está vedada la reflexión, pero que sabe que cuando la carrera termine (porque todo termina), tendrá que sufrir al mirar el camino recorrido y no encontrar más que caos.

Pero todo continúa, con o sin nuestra aprobación. En cuestión de días ya entendía y pronunciaba algunas palabras de aquel idioma extraño, y que empecé a llamar turco, esta misma lengua en la que ahora me dirijo a ti. El hombre de la casa, que respondía al nombre de Yusuf, era el encargado de enseñarme su lengua natal; era severo, más no me pegaba. Me enseñaba también acerca de la fe musulmana, y a medida que dominaba la lengua, me hacía recitar algunas suras del libro sagrado. Poco a poco mis pensamientos, que siempre obedecieron al griego, se encontraron repitiéndose a sí mismos en turco, y recibí un nombre, Hakim, el nombre que llevo hasta este día.

Cuando tuve el valor de preguntar cuál era el significado de mi presencia en aquel lugar, se me respondió, con poco interés, que sería un guerrero del sultán. Tal respuesta no satisfizo mi natural deseo de saber el motivo de mi lugar en aquella tierra tan diferente a mi natal Tesalónica, pero tuve que sosegarme con la certeza de que saber y no saber darían al mismo encauce, yo no podría huir del destino que me habían asignado, y no tuve conciencia de él hasta que empuñé por primera vez un cuchillo en el establo del pueblo.

Ya había estado en los establos varias veces, gustaba de dar de comer a las aves, a las ovejas, y acariciar los recios cráneos de las vacas. Solía ir allí a pensar un poco, a contemplar las estrellas que se veían a través de los agujeros del techo de paja; pensaba que las estrellas eran inmutables, y me regocijaba pensando que al menos había algo en el mundo que eternamente estaría para mí. Había tomado cariño por cierto borrego, y creo que él también lo sentía hacía mi. Balaba y brincaba sobre sus pequeñas patas al verme llegar, y recibía mis caricias con entusiasmo; pasaba horas enteras hablándole en griego de mi tierra natal, de la historia de mis ancestros, de la ciudad dorada, Constantinopla, a la que había visto brevemente, y de mis impresiones sobre la fe musulmana. Yusuf no parecía muy de acuerdo con mi relación con el pequeño borrego, y si bien no decía nada, sus facciones se tornaban más rígidas de lo normal cuando me veía acariciando su pequeña cabeza. Siempre temía que algún día expresaría su descontento con despiadada rabia, como efectivamente ocurrió.

Una noche, Yusuf entró de súbito al establo, cargaba herramienta, de arado y de carpintería, una horca, y un azadón. Al verme con el borrego las arrojó todas al suelo, sacando velozmente un cuchillo de hoja curva que llevaba envainado en el cinto. Se acercó blandiendo el cuchillo hacía mí y me lo entregó, me habló en tono de patriarca.

-Mata al borrego

El miedo hacía temblar mi cuerpo como si muriese de frío, mis dientes castañeaban y las únicas palabras que pude tartamudear fueron:

-¿Porqué? Yo lo quiero

Yusuf, a quien cada vez veía más grande y peligroso respondió ignorando por completo el afecto que había manifestado respecto de mi amigo lanudo, en un tono que parecía contener una amenaza intrínseca.

-Mátalo, ahora

-No, yo lo quiero

Me abofeteó con el dorso de su poderosa mano, el golpe fue seco y me recordó las bofetadas de mi padre, salvo que estas, parecían muy capaces de matarme si seguía desobedeciendo. El borrego balaba confundido, alzaba su cabeza y entrecerraba los ojos, como tratando de comprender que pasaba en su establo, en su casa. Los golpes se sucedieron unos a otros, como en una secuencia lógica, algo que no puede interrumpirse, algo que termina cuando debe terminar. Sangraba y la sangre calentaba mis mejillas, un bálsamo cálido que reconfortaba mi cuerpo atenazado por el frío y el miedo. Yo seguía con el cuchillo en la mano, pero no me sentía capaz de responder a mi agresor, él lo sabía, él conocía un temple como el mío, y sabía que no corría peligro.

Su voz se volvió estentórea, tomó al borrego por el cuello y lo obligo a arrodillarse a mis pies. Entre gritos, balidos desesperados y la sangre que no paraba de manar sentí un fuerte dolor de cabeza que por un breve espacio de tiempo anuló todos los sonidos, salvó mi respiración. El animal escapó y buscó refugio en mí, yo lo abracé y lo besé, y el calor de su lana me hizo sentir fuerte y valiente. Juré que lo protegería, pues tal era mi voluntad, el éxtasis de quien se sabe perdido pero que por unos instantes olvida lo inexorable de su situación. Los instantes, desde luego, no lograron ser ni un segundo, tres puntas metálicas atravesaban mis muslos, Yusuf estaba de pie sosteniendo la horca ante mis piernas, como atravesando una pila heno.

-Obedece, o el metal rasgará tus carnes hasta el hueso.

Aún así, logré mantener mi promesa ante el borrego, quien había encontrado refugio entre mis piernas heridas, grité

-¡No¡

La horca se enterró un poco más, mientras yo continuaba gritando. El borrego sacó su cabeza de entre mis piernas y me miró, su blanca lana estaba teñida de rojo. Me miraba como perdonándome por lo que iba a hacer. Lamió mis heridas, del mismo modo en que tantas veces había lamido mis manos cuando le daba de comer. Mientras el filo ensañado en mis muslos ya llegaba a mi osamenta, movió la cola, quizás como un saludo, quizás como una despedida. Apreté el cuchillo con ambas manos y lo enterré en el cuello de mi amigo borrego. No soltó ningún balido, solamente se escuchó el sonido de su cuerpo desplomarse sobre el suelo polvoriento, murió en el acto. ¿Sabes hermano? he visto muchos ojos abandonar la vida, muchas iris que se apagan lentamente como una vela que se consume al final de la noche, pero nunca sentí nada parecido a cuando vi los fijos ojos negros de aquel pequeño animal tornarse grises. No solo lo había matado a él, ese cuchillo había matado algo dentro de mí, lo había cercenado sin piedad.

– Magnífico, una muerte rápida, tienes talento – dijo el hombre

Retiró la horca de mis piernas con brusquedad y se alejó dándome la espalda. No sentí dolor alguno, pues dentro de mí empezaba el duelo por mi amigo asesinado, y además nacía otro sentimiento, se sentía como una brasa en el pecho, que incendiaba mis manos y piernas, que me embotaba los ojos. Después comprendería que ese sentimiento era el odio.

Después de eso, las gentes del lugar me trataban con un respeto bastante parecido al miedo, en la casa, las mujeres ya no me trataban como el niño extranjero y débil, sino como a un joven amo al que hay que servir con presteza. El propio Yusuf cuidaba su lenguaje conmigo, lo que no quiere decir que no me hablara en tono de gran patriarca, pero sí era notoria cierta cautela al darme órdenes. Él pensaba que si volvía a repetirse un episodio como el del establo, el cuello atravesado por el acero sería el suyo, y tenía toda la razón.

No pasó mucho tiempo para que regresaran hombres ataviados con el mismo uniforme de aquellos que me habían llevado a esa tierra tiempo atrás. Yusuf los saludó con una reverencia solemne, y esta vez sí podía entender su conversación. Hablaron de mi excelente dominio del turco, de mi conversión a la fe musulmana, y de mi disposición absoluta para servir al sultán. Los hombres me hicieron salir de la casa, me llevarían con ellos. Las mujeres de la casa se despidieron de mí, me tocaron la cara y los brazos como asegurándose de que estaban en su lugar, y firmes para resistir la vida. El patriarca que me había enseñado turco, y que me había torturado para obligarme a matar a mi amigo, no me hizo despedida alguna, pero yo lo miré fijamente, como dándole a entender que nos volveríamos a ver, él me miraba de la misma forma, no había desafío en sus ojos, ni rabia, tampoco miedo. Solo la certeza inequívoca de que nos volveríamos a ver. Uno de los hombres me ordenó moverme, y arqueó el brazo para darme un golpe, el cual detuve sujetándole el brazo. Imaginé que le atravesaba el cuello con un cuchillo, no estaba armado, pero tenía la voluntad de matar. Aquel hombre entendió eso, todos lo entendieron a partir de entonces y hasta el día de hoy.

Varios días de viaje sucedieron a la despedida, ya no viajaba con miedo, ni temía a las espadas de mis guardianes. Recordaba todavía el borrego ensangrentado, y el cadáver de mi ternura que yacía junto a él, como la piel muerta de una serpiente. Yusuf nos había matado a ambos, quizás ese era su objetivo, quizás eso le habían ordenado, pero ¿acaso él no podía negarse? ¿Acaso no podía tratarme con ternura y acogerme como un hijo más en aquella tierra donde cada roca es un pilar? Sí, desde luego, él era responsable del asesinato del animal, pero yo también lo era, pude elegir morir y no lo hice, así como también podía tratar de escapar de mi destino, librarme de las garras de esa caravana y perderme en el infinito desierto que atravesábamos. Pero no lo hice.

Constantinopla, Abbas, ese era mi destino. La gran urbe, ruidosa, sucia, pero a todas luces, sublime. Su belleza ya no me asombraba, ni me cegaba el sol resplandeciente sobre las aguas del Bósforo. Simplemente cualquier belleza me adormecía, y el asombro me estaba ya vedado. Me reunieron con otros mancebos de mi edad en el patio de una edificación especialmente sobresaliente sobre las otras. Allí un hombre elegantemente vestido, y al que se le adivinaba más poder que a los otros uniformados, dijo con voz firme, pero sin vehemencia, que nuestras vidas pertenecían al sultán, que nuestro deber era servir al imperio como este lo considerase necesario. Presentó aquel lugar como el Enderun, donde se nos formaría para servir en calidad de jenízaros, pero antes de llegar a serlo, se nos conocería como acemis. Todo aquel discurso me pareció obvio y predecible, todos nos sabíamos esclavos desde el momento en el que fuimos raptados, el miedo había abandonado nuestro cuerpo y se había convertido en una rabia que nos recubría la piel como una escama, empuñar un arma sería nuestro modo de vengarnos del mundo, una venganza torpe y estéril, pero a falta de algo mejor, era una venganza aceptable.

Allí nos conocimos, Abbas, bajo el entrenamiento estricto, cercano a lo brutal, perdimos cualquier rasgo de infancia. Éramos esclavos, pero éramos diferentes, a nosotros se nos enseñaba arte, literatura, magia de números, y misterios religiosos prohibidos para el esclavo común que solo sabe servir en una casa de señores, o romperse la osamenta cargando piedras para construcción. Se nos enseñó a manejar las armas, el Kilic, la espada curva que tantas veces empuñamos, el rifle, el hacha, la alabarda y cuanta invención haya construido el hombre con la idea precisa de matar a otro.

Manejar las armas me resultaba sencillo, no me enorgullecía de ello, pues recordaba las palabras de Yusuf “Tienes talento” Habría preferido tu talento con la poesía, hermano, o el talento con los misterios numéricos. Pero no, mi habilidad especial era la muerte, mi única víctima había sido mi borrego, pero siento, Abbas, que hasta el día de hoy, esa muerte ha valido por todas. En ello pensaba mientras blandía las armas que nos entregaban, en sus lindos ojos negros tomando la tonalidad del gris, y en la espalda del hombre alejándose. No sé qué pensamientos se elucubraban en tu mente, hermano, ignoro a quien asesinabas cuando adquirías destreza con el acero, pero estoy seguro de que todo nuestro cuerpo de acemis, mataba a alguien en el aire siempre cuando el filo de la espada rasgaba el aire como un silbido.

Ambos obtuvimos el título de jenízaro antes de cumplir 24 años, lo obtuvimos con honores, e incluso se nos asignó un salario. Fuimos destinados a combatir en Hungría, esa era nuestra verdadera graduación, Abbas, matar, matar en nombre de Dios, matar en nombre del sultán, matar en nombre del imperio, matar en nombre de lo que fuera, pero matar. Ese era mi único credo, hermano, los que nos habían hecho esclavos pedían sangre, y yo les daría más sangre de la que pudieran digerir, se ahogarían en ella.

Como sabes, el deber de un jenízaro en batalla es por sobre todas las cosas, proteger al sultán. Aquel hombre parecía admirarme, a pesar de que yo no presentaba ante él ningún signo de reverencia, más allá del respeto que la sociedad otomana exigía para con cualquier individuo. Quizás me admiraba por eso, aunque me parece más sensato afirmar que su buena impresión de mí provenía de los cuerpos desmembrados y ensangrentados a mí alrededor. Tu también me admirabas por eso, Abbas, todos lo hacían, y yo también me habría admirado a mí mismo si hubiese sentido algo la primera vez que maté a un hombre en nuestro primer asalto en tierras húngaras. Solamente recuerdo que me adelanté del cuerpo de seguridad del sultán para adentrarme entre la infantería para que mi espada bebiera sangre. Apareció ante mí un mancebo de ojos azules, era menor que yo, y portaba los colores del enemigo; le abrí el vientre sin mayor ceremonia, el muchacho abrió los ojos, como un niño cuando le traen un juguete nuevo, atravesó la ansiedad de morir, él quería morir, igual que yo, igual que tú, igual que todos. Sus ojos dejaron de brillar, y se desplomó con los párpados aun abiertos, su azul no brillaba, estaba desteñido, como una tela roída y vieja.

Aquel día maté a muchos más, era mi primera vez en un campo de batalla, y no sentía nada; Ni miedo, ni placer, ni rabia. Mataba porque ya había matado un borrego, mataba porque él había sido mi amigo, y porque su vida valía por todas las vidas que estaba cegando en Hungría, y las que cegaría hasta el día de hoy. Aquellos mancebos que maté, todos habían sido hechos para vivir, no eran esclavos como nosotros, muchos de ellos tenían una esposa, hijos, madres. Muchos de ellos no volverían a cenar a sus casas, otros llorarían durante años sin saber que su ser querido había sido presa de los buitres, y que sus huesos están cubiertos de tierra en algún campo olvidado de Dios. Pero nada de eso me importaba. Yo, el que había sido griego, ahora era una sombra vulgar de lo que antaño había sido, y no conservaba ni rastro del honor de mis antepasados helénicos.

Me recibieron con honores en el campamento, excepto tú, que guardaste una prudente distancia, y con la que me honraste profundamente. Finalmente, siempre fuiste más poeta que soldado, y aunque tus manos estaban tan manchadas de muerte como las mías, tus letras hacían sublimes a todos tus muertos. Me palmearon el hombro, y hacían comentarios referentes a mis ojos, decían que la muerte también debía de tener ojos verdes, y que también debían brillar al matar, y otras sandeces de esa guisa. Lo cierto es que yo no sentía orgullo, mi destino era ese, y yo lo cumplía como había hecho siempre.

La campaña en Hungría fue más que gloriosa para el imperio, Constantinopla era cada vez más poderosa y se nutría de la sangre que derramábamos en batalla. Aquellos que matábamos no eran mejores que nosotros, sus capitales también pedían sangre, saqueo, destrucción y muerte. Se me antojaba, Abbas, que el dinero que se nos daba como sueldo era un artificio bastante simple, pero efectivo, a la larga la moneda corriente que sostenía todos los imperios eran el acero y la muerte. Turquía era respetada y temida, porque su ejército era respetado y temido, y lo mismo aplicaba para todos los reinos de Europa, tanto las débiles como las poderosas. Todos avanzábamos en el campo de batalla sin entender realmente el motivo, para mí, era el destino, mi misión en la vida era acabar con otros. Para algunos, era el Rey, o el Sultán, o Dios, o un amor por una tierra que solía despreciarse todo el tiempo, salvo en combate, donde se convertía en un amuleto preciso para blandir las armas.

Los tiempos de paz habían cesado, y aquellos tiempos eran más bien un espacio para contar los muertos, e incluso, algunos con la sesera ya muy seca por la culpa, la sangre y el fuego, presumían de sus heridas, como si fueran trofeos. Otros como tú, escribían sobre lo ocurrido, mientras que yo, simplemente evitaba cualquier compañía y trataba de recordar cómo era mi vida en Tesalónica, como era hablar en un idioma que hacía mucho no hablaba con nadie, el último oído que escuchó el griego de mis labios fue el del borrego, que ya no estaba en este mundo, y claro, Yusuf, quien para mi representaba a toda la población de aquel paraje en la Capadocia. Aquel hombre debía seguir vivo, porque nos habíamos prometido vernos una vez más. Pero, luego pensaba en la inevitabilidad natural que posee el hombre para cumplir las promesas en tanto que estas se constituyen en axiomas hechos para desviarnos de nuestra propia mortalidad. Mil veces escuchamos decir a nuestros compañeros en el palacio Topkapi antes de partir a una batalla lejana que volvería, que no nos preocupásemos por aquel hermano en armas, para después verlo regresar con su carne hecha jirones, si es que acaso lograban recuperar su cuerpo. Aquel debía morir allí, en Austria, en Persia, o en Rumania, ninguna promesa podría haberlo rescatado de la muerte. Quizás, lo mismo había ocurrido con Yusuf, quizás, lo mismo ocurriría conmigo.

Rota esta paz, y recordando mi cita en la Capadocia, partimos, Abbas, a la isla de Creta, para tomar la ciudad de Heraclión, la que nosotros conocemos como “El Khandak”. Volví a ver el mediterráneo en muchos años, este mismo mar sobre el que navegamos ahora. Nuestro primer asalto, Abbas, fue un asalto cobarde, invadimos una pequeña aldea de pescadores que apenas lograron defenderse con cuchillos para descamar peces. Aquella vez, presencié toda tu grandeza, y a tu incorruptible corazón al defender a un hombre y a su familia. Eran los últimos de la aldea, y el hombre blandía una caña de pescar contra nosotros, ordenaba a su mujer y a sus hijos mantener distancia. Algunos soldados de infantería se burlaban de aquel hombre, y hacían fintas con sus imponentes kilics ante él, cuyas piernas temblaban más, pero que aun así, mantenía su posición, inamovible. Su destino era morir, o eso pensaba yo, sus fuerzas no se equiparaban a las nuestras, aunque tal demostración de violencia fuera absolutamente desmedida e innecesaria. Cuando el soldado se disponía a cortar la caña y al hombre a la mitad, tu interviniste y decapitaste al agresor con un tajo limpio.

Aquello que hiciste se considera traición, y debías morir allí mismo, pero no. Tu espada levemente manchada de sangre a causa de tu ataque perfecto detuvo la orgía sanguinolenta a la que habíamos estado arrojados durante años ¿qué había a nuestro alrededor? Cadáveres, hogares en llamas, niños que flotaban sobre la playa boca abajo, y el soplo del viento que nos envolvía como si fueran las voces de los asesinados. Muchos de los nuestros se echaron a llorar, el idilio había terminado para todos, ya no eran el ejército de élite del sultán, ya no eran el glorioso ejército turco, ahora se sentían como vulgares asesinos, que solo se diferenciaban de estos por portar un uniforme, y un motivo aceptable para matar. Nos retiramos de la aldea en cuanto el hombre y su familia se fueron corriendo esquivando escombros y cuerpos. Toda la orta se separó aquel día, y yo no te volví a ver, hermano, hasta esta noche.

Fui el último en salir de la aldea, encontré a una niña herida, que repetía aferrada a un crucifijo: “Kyrie Eleison, Kyrie Eleison, Kyrie Eleison” de la misma manera en que yo lo había hecho cuando tenía su edad. Sentí un gran ruido en mi cabeza, como si miles de avispas zumbaran dentro de ella. Caí al suelo arrancándome los cabellos, había fallado cuando prometí proteger al borrego, no volvería a fallar. Alcé a la niña en mis brazos, y busqué refugio para ella. No tardé en encontrar otra aldea de pescadores, quienes al verme cargando a la niña no me amenazaron con sus cuchillos ni sus cañas de pescar. Volvía a hablar en griego, y les dije que su aldea pronto sería arrasada por una fuerza poderosa, pero cobarde, como todos los ejércitos. Los exhorté para que abandonaran el lugar y corrieran la voz por toda Creta. A partir de entonces, hermano, y al igual que tú y que toda la orta, nos convertimos en parias.

Al no poder andar con un arma tan notoria como una espada, opté por llevar una daga, puesto que si bien morir no me importaba, debía ver a Yusuf, y nada ni nadie me lo podrían impedir. Regresé a la Capadocia, por todo el imperio habían rumores sobre la orta desaparecida, y yo caminaba con la cabeza baja, procurando que nadie preguntase por mis ojos verdes, que si bien no eran de un color extraordinario, podrían delatarme en algún momento inoportuno, toda precaución es poca para quien ha matado, eso debes saberlo, Abbas. Viajaba en caravanas, a veces a pie, otras a caballo. Algunas veces fui sorprendido por bandidos, que optaba por dejar heridos, más no muertos. Aquellos fueron los únicos que lograron ver mis ojos en esos días.

Al llegar a la Capadocia el cielo estaba rojo, un color muy bello, un ocaso, como lo era mi vida en aquel momento, un final. No tardé en ver a Yusuf, estaba ya muy viejo, pero todavía se sentía imponente, sus brazos seguían siendo recios, y su mirada no admitía debilidad de nadie. Al verme no dijo nada, cuando hay tanto para decir, es mejor guardar silencio, pues las palabras son traducciones del alma, y toda traducción siempre es imprecisa. Comimos juntos, en su casa, en la que ahora yo era un invitado de honor, y no un muchacho para adoctrinar. Las mujeres me reconocieron y me besaron tiernamente, como a un pariente muy lejano que retorna a casa. Después de la comida, Yusuf me hizo señas, salimos frente a la casa en medio de la noche.

Desenvainamos y luchamos, nuestros aceros resplandecían bajo la luz de la luna. Las mujeres habían salido a ver, algunos hombres del pueblo también, todos guardaban silencio. Pronto ambos nos dimos cuenta de que no queríamos matar al otro, y que la espera había sido solo para medir fuerzas, como dos viejos enemigos al que el odio ya envejecido los hace sentir algo parecido al amor. Envainamos las dagas, nos despedimos con una profunda reverencia, me alejé rápidamente. Yusuf estaba gravemente enfermo, y había guardado todas sus fuerzas para este último enfrentamiento. Él no querría que yo le viera demacrado, ese era mi último acto de respeto ante aquel hombre, quien al igual que yo, no había sabido rebelarse a tiempo ante los mandatos del mundo.
Después de la Capadocia te busqué a ti, hermano. Sabía que tendrías que volver a Creta, y sabía que tendrías que estar en Egipto, lejos, pero también cerca del imperio. Te seguí la pista hasta esta noche, y aquí estás, Abbas”.

El relato de Hakim se detuvo, el color del cielo era azul oscuro, pronto amanecería, acabando ya con la última esencia para fumar le pregunté

-¿qué haras, Hakim? ¿Me matarás?

– No, Abbas, pensé en matar a Yusuf, como una manera de librarme de mi pasado, pero no pude hacerlo, pensé en matarte a ti, por el mismo motivo, porque me recuerdas mis días como jenízaro, pero no lo haré.

-Sabes que podrías matarme ¿qué te detiene?

-Renuncio a mi don, Abbas – suspiró Hakim con la cabeza entre las manos.

-¿Qué quieres decir?

-Ya no quiero volver a matar nunca, si Dios me hizo para matar, yo me niego, no lo acepto más.
Hakim me pidió, en nombre del griego que había sido, y del turco que podría llegar a ser, a nombre de su borrego, de Yusuf, y de la niña que había salvado en Creta, que escribiera su historia, que cambiase su nombre, pues el suyo estaba maldito, pero que al menos cualquier hombre, por más miserable y criminal que fuera, tenía derecho a que su historia fuera conocida.

-Acepto, Hakim, escribiré tu historia, así como escribí versos sobre nuestras batallas, sobre nuestros muertos…quienes también son nuestros hermanos, no nuestros enemigos

Hakim me dio las gracias, el resto del viaje nos acercamos algunas veces, sin hablar ya de muerte, ni de guerra. Incluso a veces reía, éramos dos hombres que habían negado la barbarie, y cuando desde la embarcación se divisaban las blancas tierras de Creta, mi antiguo hermano de armas me confesó su incipiente interés de ser pastor de un rebaño.

-Hakim, mil borregos no reemplazarán al que perdiste- le dije

Él sonrió, me dio unas palmadas en la espalda. Su sonrisa era la de un hombre que ya no tenía nada en el mundo, y por lo tanto, era libre para empezar a tener.

Kyrie Eleison, hermano, Kyrie Eleison– me dijo entre risas.

Este cuento fue publicado por el diario El Espectador, el 17 de Febrero de 2014

http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2015/02/17/las-jornadas-del-jenizar/

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El Mago y el Árbol

Arbol Sagrado

Cuando el hombre era todavía un niño, había estado con su madre bajo cierto árbol frondoso, y había visto como la luz del sol se filtraba a través de las innumerables hojas, todo a su alrededor fue amarillo, y sus pocos años de vida tomaron sentido de repente. Supo que había obtenido y perdido algo infinito, por primera vez intuyó que no todo en el universo era perecedero o proscrito de sentido. La luz que se abría paso entre las hojas sería un recuerdo enmarcado en su vida, como una cicatriz de la pérdida de la inocencia.

El árbol estaba cerca de la plaza de mercado donde su madre laboraba, ofrecía descanso del inclemente sol del desierto. Tenía runas talladas en la madera de su grueso tronco por antiguos sabios, y sus hojas, dividas entre doradas y verdes, evocaban la impresión de la muerte y el renacimiento, o del otoño y la primavera, tal como lo afirmaban las crónicas de países lejanos, donde sus gentes no caminaban sobre arena ardiente, sino sobre verdes prados o sobre el frío manto blanco que algunos conocían como “nieve”.

Después de abandonar su sombra, deseó volver a sentir esa pequeña muerte bajo las hojas atravesadas por la luz. Lo intentó al día siguiente, cuando los pasos de su madre lo llevaron de nuevo a la plaza; no obstante, no lo logró. El instante preciso del día anterior le era esquivo, la luz se seguía filtrando, las mismas hojas reverberaban bajo el brillo del sol abriéndose paso, pero ello era baladí, se sentía vacío. Lo intentó sin éxito muchas veces más, como quien falla en arrancar un fruto de una rama alta, no por falta de voluntad, sino por tener las piernas cortas. Pero le era menester revivir tal instante, el instante en el que murió y renació. Así pasó la época de la tierna infancia, y encontró que la visión amarilla y sagrada del mundo bajo las hojas del árbol, parecía ser una quimera, enmarcada en un recuerdo posiblemente ilusorio. Entonces, observando las runas en el árbol, trató de descifrarlas, y decidió hacerse mago.

Ahora estaba seguro de que lo que había visto era obra de lo arcano, así que mientras pasaban los años antes de que pudiera abandonar el hogar materno se contentaba con el deseo de poseer los secretos del mundo. Corría presuroso cada que pasaba algún viajero con aspecto de venir de tierras muy lejanas, preguntaba sin cesar asuntos referentes a sus países de origen, algunos no entendían el idioma de aquel pueblo en medio del desierto, por lo que pasaban de largo ante el muchacho, otros, doctos en el conocimiento de varias lenguas, gustosos hablaban con él, felices de poder hablar con alguien después de largas jornadas de camino.

Su hambre de conocimiento recreaba en la imaginación los relatos que escuchaba de estos viajeros, y le permitía memorizar con suma rapidez las enseñanzas impartidas por ellos. Gracias a estas conversaciones aprendió a leer, aprendió las nociones básicas de geometría que permitían la construcción de grandes santuarios alineados con las estrellas, y entendió que en algunos lugares del mundo las personas no usaban mantos para protegerse del sol, sino del frío perpetuo. Los viajeros se impresionaban gratamente con la inteligencia del muchacho, y se sentían como grandes maestros que enseñaban rodeados del apacible sonido de las mujeres moliendo el grano de trigo todas las mañanas.

Alguna vez un anciano ataviado con ricos ropajes, le había relatado que encontró la iluminación y el poder para transmutar la materia después de casi haber enloquecido tras haber sido raptado y abandonado por bandidos en un pozo. Pasó largas jornadas de desesperación, y por efecto del cansancio y del hambre que lo hacía tambalear, no distinguía entre la vigilia y el sueño. Casi a punto de morir, balbuceó palabras primordiales que renovaron sus fuerzas, las piedras se convirtieron en pan, y salió del pozo levitando, como un dios ascendiendo al plano inmortal. Despertó en la cama de una posada de algún pueblo cercano, sin tener memoria de cómo llegó hasta allí, y a falta de conservar los poderes de la transmutación, conservaba todavía una sabiduría cercana a los conocimientos universales. Este relato causó un profundo efecto en el muchacho.

A menudo soñaba con tener en su poder todo el conocimiento del mundo, y en medio del sueño una voz le decía con pronunciada gravedad: “Todavía no”, se levantaba con el eco de la voz que lo animaba a esperar, nunca se preguntó de dónde venía. Los deberes del hogar y del trabajo eran más soportables, ya no se veía a sí mismo como un futuro dependiente en una tienda de mercado, no porque despreciara este oficio, sino porque ya había elegido su destino.

Supo que había llegado el momento cuando la incipiente barba ennegreció su mentón, entonces abandonó el hogar, su madre, después de haberle preparado los enseres diarios por última vez, lo bendijo con la buena fortuna, y sabiendo que no volvería a verlo (Pues un mago debe hacer sacrificios) le dio un prolongado abrazo a su hijo. Antes de abandonar el pueblo, fijó la vista en el árbol y en sus runas, trató de memorizar cada detalle, como para recordarlo en caso de que sus fuerzas desfallecieran en el camino. Entonces el joven se fue en busca de alguien que pudiera instruirlo, lejos, en la sagrada soledad de las arenas.

Los primeros días de jornada atravesó el desierto como mejor pudo, cayendo varias veces sobre la arena ardiente; levantaba su rostro, y fijaba la vista en un horizonte donde las dunas ardían y se sucedían de manera interminable, por momentos tenía la angustiosa sensación de andar en círculos. El desierto parecía infinito, y sus provisiones ya escaseaban; no había ni rastro de las grandes capitales de las arenas que los viajeros le habían relatado, y su única compañía eran las serpientes que enseñaban sus colmillos cuando pasaba cerca de ellas.

Cuando el último mendrugo de pan fue comido, y bebida la última gota de agua, el hombre, ya sosegado por la liberación de toda carga, se decidió a continuar hasta encontrar la iluminación o la muerte. No supo cuál de las dos halló primero, cayó por última vez, y sin fuerzas para levantarse sintió que un implacable sopor se apoderaba de su cuerpo, cerró los ojos y perdió conciencia del mundo físico.

Al principio no supo que soñaba, creía haber encontrado la muerte, pues seguía en el desierto, pero sin hambre, ni sed. Escuchó en su cabeza la voz que otrora le había ordenado “todavía no”. El hombre entendió que había encontrado lo que buscaba, todo el desierto le instruiría, el desierto y el sueño, que en la frontera en que se encontraba eran una misma cosa donde el tiempo era algo vano. La voz hizo aparecer un libro, que el hombre devoró letra por letra, hasta memorizarlo, luego despertó. En el mundo físico había pasado mucho tiempo, quizás días, o meses, pero su cuerpo aún no había perecido. El hambre hizo arder su vientre, y la sed la boca; recordó algo que había aprendido del libro onírico, dos palabras que le dieron alimento, un pequeño pan viejo, y un cántaro con agua que había aparecido de la arena. Después de comer y beber, cayó dormido, de nuevo el sueño, de nuevo la voz.

Así pasaron muchos años, el tiempo no podía ser medido en el sueño, pero sí al despertar, la barba poblada y la piel que poco a poco conocía las arrugas daban buena cuenta de ello. Leyó cientos de libros, discutió las virtudes pitagóricas del sueño, y aprendió a hablar fluidamente en lenguas olvidadas. Para evadir la soledad, le daba caras a las voces que le hablaban, les ponía las facciones de aquellos viajeros que le habían instruido acerca del mundo físico. Y cuando la nostalgia arreciaba como una tormenta de arena, recreaba escenas de su madre, quien seguramente habría muerto ya muchos años pero que subsistía en sus memorias más inmediatas.

En la vigilia, se alimentaba de suculentos manjares, en los que bebía vino, pues su palabra se había vuelto poderosa. Para cuando su cabello y su barba estaban completamente blancos podía levitar y hablar con los muertos, su conocimiento lo había vuelto arrogante, y se sentía incompleto, pues todavía se sentía muy lejano del camino de la iluminación, entendiendo en medio de su desazón que conocimiento y sabiduría no son una misma cosa.

Algunas veces soñaba con su árbol, y haciendo alarde de sus habilidades arcanas intentaba alterar el orden del tiempo y del sentido de los recuerdos sin éxito alguno. El mundo no se teñía de amarillo vespertino ni aún mediante las poesías de las lenguas vedadas a causa de su poder, todo seguía igual, el árbol era el mismo, pero el hombre era diferente, era un espectador abstracto, el significado seguía siendo incomprensible y sobre todo, irrecuperable.

Después de muchas horas de sueño, había comprendido el misterio de la vida y de la muerte, su entrenamiento finalizaba allí, tal era la declaración de la voz después de conferirle el título que había buscado tanto tiempo. El mago lo comprendió, supo que era hora de regresar, no se alimentó con manjares ni con vino, sino apenas con agua y pan fresco. Intentó caminar, pero su cuerpo estaba muy deteriorado, sin fuerzas. Levitó hasta el lugar de su partida hacía muchos años. El pueblo había cambiado, ello no le sorprendió, el árbol tampoco estaba. Mencionó una palabra y el mismo árbol apareció en el mismo lugar, era hora de cumplir su propósito.

Era de noche cuando había llegado al pueblo, pero decidió dejar que el tiempo tomara su curso natural mientras se dedicaba al placer de dormir con el simple propósito de descansar. El sol hirió sus ojos, ya era de día, los habitantes del lugar se extrañaron de ver un árbol donde antes sólo había un suelo empedrado, pero una palabra hizo que continuaran en sus asuntos diarios y que olvidaran con celeridad el misterio. El Mago buscó la luz entre las hojas, y la vio, como hacía muchos años, las hojas reverberaban ante el sol, y el mundo fue amarillo. Él supo que aquello era hermoso, pero no significó lo mismo que en aquellos días, lo comprendió.

Cayó al suelo muy cansado, su cuerpo anunciaba la muerte. Si hubiera pronunciado el lenguaje de los dioses habría vuelto a ser joven, o se haría acreedor a la vida eterna. Pero él no deseaba aquello, sus ojos se fijaron en el sol a través del árbol, estaba satisfecho. Antes de morir hizo desaparecer al árbol, y desapareció el mago también, no sin antes descifrar las runas, que habían sido talladas para él, y sólo para él.

Juan Fernando Aguilar

Halcones de la Noche

Edward Hopper, Nottambuli - Nighthawks (1942)

Siempre me sentí fascinado por la obra de Edward Hopper, la soledad que evocaba su pintura era un óleo de mi propia vida, y embebido en la estática contemplación en la que está inmerso quien desea tener a una mujer, pero que no posee más que su foto, no quedándole más remedio que imaginar su cuerpo y su abrazo; así mismo me encontraba tratando de buscarme en los trazos del pintor, buscando ser el cigarrillo de alguna de sus mujeres, o el hombre trajeado que espera en una cafetería precisamente porque ya no tiene nada que esperar. En tal contemplación me quedé alguna vez, mezclado, piel y pintura. Escribo en este diario para recordar que algo extraordinario ocurrió en aquella galería.

No había nada especial esa noche, había llovido un poco y el aire era lo suficientemente fresco como para darse el lujo de lucir un abrigo ligero, el ruido de la ciudad reverberaba a lo lejos, sin perturbar demasiado a los que se mantenían ajenos a los placeres prosaicos de un viernes en la noche. Como tantas otras veces, visitaba aquella galería de arte, esa vez no había nada diferente, la misma soledad, y la misma esperanza de sosiego que era la quietud de la contemplación. Cuando contemplaba, me centraba en una única faceta del ser, la de la soledad, pues consideraba que así se agudizaba la percepción mientras que el cuerpo dejaba de tener peso para hacerse liviano, a veces, terriblemente liviano. Tal unidad del Yo era improbable, aun así, buscaba la concentración en una única faceta.

Empecé por donde siempre lo había hecho, el cuadro de la chica en un cine de Nueva York, imaginaba que película estarían presentando, imaginaba los pensamientos de la chica, alejada de la pantalla y queriendo irse, siempre con la impresión de querer largarse sin que sus piernas encuentren la fuerza para recorrer un camino distinto, me sentía como su abrigo, con aroma a perfume francés, o con aroma a whisky. Mis ojos no podían dejar de fijarse en la chica, y tuve que forzar la vista para continuar hasta la siguiente obra, tanto me fascinaba aquella soledad, tan pura, tan llena de imágenes y de personas que no hacen más que atenuar la ya insoportable y absurda la sensación de estar solo, extraño hasta de sí mismo

La presentación de un cuarto en Brooklyn con una muchacha sola, me aterraba la imagen, pero la encontraba atractiva, quizás la muchacha pensaba en colgarse, quizás pensaba en matar a un hombre infiel, o a lo mejor estaba pensando por el puro placer de hacerlo. Poco a poco los ruidos de la ciudad que llegaban menguados, apagados por los cristales y por el encierro de la galería se fueron transformando, se escuchaban saxofones a lo lejos, acompañados por algunos instrumentos de cuerda, un conjunto de pentatónicas, ¿era jazz?. No cuestioné demasiado aquella percepción musical en tanto que ambientaba magníficamente mi contemplación de la obra.

A medida que recorría las pinturas empecé a sentir que no era parte de este mundo, ni de este tiempo, hasta el cuerpo me era ajeno; la idea de no tener lugar en el universo al que estaba acostumbrado a habitar me alegró, así, incorpóreo, podía estar enteramente dedicado a la trascendencia, ir del hecho de ser nada, al viaje de llegar a ser. Era algún cuadro de Hopper, el cigarrillo, el cine, el traje de paño, la mujer que espera, el whisky, yo era todos ellos y ninguno, y en la cima del éxtasis de no ser, abordé la obra que más adoraba, y la única cuyo nombre memoricé: Nighthawks.

Solía terminar la contemplación con aquella obra, la que siempre consideré su obra maestra, tantos elementos para imaginar, tantas compañías, y por ello, tantas soledades. ¿De que hablarían el hombre y la mujer?, ¿Que tristezas tenía el mozo? Aquel que siempre huele a café, obligado a retornar siempre tarde a casa, para iniciar el día de la misma manera, sirviendo café y panecillos, a lo mejor habría hecho de su oficio un arte, y por ello la vida era soportable. Una cafetería en medio de la ciudad vacía, con personas nocturnas y elegantes, que toman un café distraídamente y se van, ello era lo fascinante, la magníficamente retratada sensación de transitoriedad, de los breves espacios en que se tiene la sensación de estar acompañado, y la línea inmediata que sigue, la de que nunca se tuvo compañía. Hopper había retratado estupendamente la angustia de la modernidad, la indiferencia, y el ruido de la ostentación para ocultar la vacuidad.

De los presentes en la obra, me interesaba en particular el hombre de espaldas, el más solo, y el que parecía llevar su soledad con dignidad y estoicismo. Nunca había logrado imaginar nada respecto de él, aquel individuo protegía celosamente su identidad hasta de las elucubraciones del observador. Aquella noche me esforcé por imaginarlo, de donde venía, a donde iba, su nombre, su angustia, su sosiego; fijé la mirada con fuerza sobre aquel hombre, y los saxofones de la calle se hicieron cercanos, con un sonido diáfano, y al mismo tiempo apagado, como si provinieran no de la calle, sino de una radiola. Sentí el sabor del café en mi boca, y desapareció el cuadro, apareciendo frente a mí el mozo, vestido de blanco, preguntándome en un perfecto inglés si deseaba algo más.

Vi mis manos, mezcla entre carne y óleo, con los brazos cubiertos por las mangas de un traje costoso, había hecho lo que añoran los amantes al ver las fotos de su amor, o los extranjeros cuyos ojos se humedecen al ver imágenes de su tierra natal, deseando hasta la desesperación poder entrar en la foto. No desesperé, pues sentía un letargo profundo, lo que daba la impresión de que en todo caso, aquello era un sueño. El Mozo repitió la pregunta, y le respondí, también en inglés, que me diera un cigarrillo y un encendedor.

Exhalé la primera bocanada de humo, y me dediqué a escuchar. La calle estaba sola, y su soledad a veces era interrumpida por algún carro que pasaba como un fantasma frente a la cafetería, dejando su vaho de humo negro. La radiola no solo emitía jazz, también sonaban éxitos de jóvenes estrellas, muchas de las cuales se quemarían antes de que el público pudiera memorizar siquiera su nombre. El hombre y la mujer murmuraban rápidamente algo relacionado a la terminación de unos contratos, y al inicio de otros nuevos, hablando además de la imposibilidad de largarse y vivir lejos de la ciudad y de su hambre de inmediatez.

Pedí un whisky, lo que el mozo entendió como un bourbon, y mientras agitaba el vaso con hielo, se escuchaba el llanto de una mujer. Aquella situación era una sinfonía única, mezcla de saxos, autos a lo lejos, cubos de hielo entrechocándose con el vidrio de un vaso, y ahora el llanto discreto de la mujer. El hombre se quitó el sombrero y lo puso sobre la barra, rodeó a la mujer con el brazo y trató de consolarla, los sollozos continuaron mientras yo bebía el whisky lentamente, procurando no perder detalle de la escena.

El sitio fue visitado por algunos transeúntes, sus trajes y facciones eran oscuros y enigmáticos, como la noche de la que venían, no reparaban en nadie, y apenas y dirigían una mirada despectiva a la mujer que lloraba. El mozo les atendía, sin prisa, sin lentitud, el único sobresalto que se le veía era cuando miraba el reloj y se daba cuenta de que todavía faltaba mucho para poder retornar a casa. Ninguno de ellos se quedaba por mucho, pagaban y se iban, volvían a la noche, a las tinieblas iluminadas por las luces de las calles, bares y sitios de placer. Auténticos halcones de la noche, en busca de alguna presa, en busca de ellos mismos, entre la bruma tranquila que el ruido de la ciudad diurna no permite sentir.

Los sollozos de la mujer se hicieron más audibles, y su acompañante pasó del consuelo al enojo, pues le parecía inaudito que un hombre con tales atavíos fuera visto en compañía de una mujer lo suficientemente tonta como para no ocultar su pena. Lo cierto era que a nadie le importaba en absoluto tal situación, todos eran aves de paso, y los pocos que se quedaban para comer algo no prestaban atención a nada distinto a sus propios asuntos. Para cuando el hielo de mi bebida se hubo derretido volvíamos a estar los cuatro, acompañados por la radiola.

El mozo volvió a mirar el reloj, por su expresión adiviné que ya casi sería su hora de partir. Pero no se movió, se quedó de pie mirando al reloj, sonriente. La mujer se irguió de la silla y abofeteó a su acompañante, este se quedó inmóvil, después, se puso la mano sobre la mejilla lastimada. El mozo apenas había desviado su atención hacia aquella pareja particular.

-“¡Me prometiste unas vacaciones, estoy cansada de este maldito trabajo, todos los días la misma estupidez!”

La mujer no gritó, pero su voz sonaba desesperada, el hombre simplemente extrajo de su bolsillo un papel doblado, con lo que la mujer se calló y volvió a sentarse. Al parecer, del lado de la pintura también se usan las firmas y las promesas de futuro para atar a los individuos. El mozo seguía mirando el reloj de reojo, tranquilo, mientras limpiaba algunos vasos. Entonces entendí que si este hombre soportaba la vida no era porque hiciera de su oficio un arte, o porque tuviera alguna pasión esperándole en casa, no, era porque estaba resignado a ser el único guardián de aquel sitio, había aceptado irremediablemente su lugar en el mundo, y había guardado como único placer para sí, la vista del reloj que le permitiría volver a casa, dormir unas horas, y volver a comenzar.

Desde mi onírica butaca volví a admirar a Hopper, la tragedia de la promesa del futuro, representada para todos los individuos por la levedad de lo transitorio, y el ruido vacuo del lujo y del porte. La mujer sollozaba de nuevo, al parecer, todavía no estaba resignada. Yo no tenía prisa por volver, así que apuré lo que quedaba de whisky y pedí otro; de nuevo sonaba jazz en la radiola, y retornaron las aves nocturnas al tiempo que sentía que el letargo me abandonaba.

La mujer todavía tenía ánimos de dar la pelea contra el mundo, eso pensaba al ver la vehemencia con la que apretaba sus puños. Pensé que al menos le quedaría (como a mí) la imaginación, el último recoveco de libertad que no se le puede arrebatar a nadie, el último rincón que tal vez le quedaba al mozo de blanco, la ensoñación de que algún día llegaría su momento, su elección. Lo mismo para los halcones de la noche, que al parecer habían encontrado lo que buscaban, pues me miraban de reojo bajo el ala de sus sombreros.

Algunos se irguieron, y dejaron al descubierto sus rostros bajo la luz blanquecina del lugar, esos rostros eran familiares, y eran uno solo, eran un espejo. Se llevaron el índice y el pulgar al ala del sombrero, como saludándome, después regresaron a la calle, a la ciudad vacía. Ellos eran la soledad de mi noche interior, el teatro de lo absurdo y lo preciso me los había mostrado. Quedamos nuevamente los cuatro, y ya con casi apenas un adormecimiento sentía como todo se volvía completamente óleo, como mi cuerpo tomaba peso.

Retorné a la galería, el tiempo no había pasado para los presentes, y mi mirada seguía fija en el hombre de espaldas cuya identidad había imaginado hasta tomar su forma. Los otros, entendí, eran también parte de mí, el mozo, el hombre, y la mujer que sollozaba; yo era todos ellos, y era también ninguno. Me alejé de la galería pensando en la visión de mi mismo, y en la vehemencia hallada en la mujer, última rebelión contra el ruido y el vacío que esconde. A cada paso sentía un fuerte aliento a whisky, a bourbon

Juan Fernando Aguilar Cárdenas

La Gracia de Stephanie

El oleaje le despertó, el capitán había dormido más de la cuenta y ya el alba comenzaba a anunciarse tiñendo el cielo de rojo. No era de importancia, como todos los días, tenía que hacerse a la mar, había permanecido mucho tiempo viviendo en la tierra, inmerso en el hedor de la rutina, de la dejadez propia de los hombres que siempre temen mojarse los pies, de salar el alma. El marinero pródigo, estaba determinado a regresar al mar para siempre.

Soltó los amarres de su vieja embarcación, el Stephanie, antigua nave de cargas livianas, ahora adecuada para la pesca. El capitán acarició el cuerpo metálico de su navío, para él, el Stephanie, ya curtido por el aire salobre de los puertos y por el abrazo profundo del mar, había sido siempre su casa, aun en los años viviendo en tierra no había dormido un solo día sin extrañar el suave mecimiento de su barco, no había nada en el mundo que pudiera darle tal sosiego. Ahora, de nuevo frente al timón, se disponía a reconciliarse con el océano, quien le había retirado sus favores, como una amante celosa que se pone de espaldas ante los ruegos; por ese mismo motivo navegaba sin tripulación, sentía que debía redimirse sin el amparo de nada diferente a su barco.

El cielo no tardó en clarear, hacía buen tiempo, y pese a haber zarpado tarde, estaba teniendo buena pesca; pero de nuevo sentía el vacío, una ausencia que estaba presente desde que había regresado a navegar. El horizonte donde el sol parece reposar sobre la línea de las aguas había dejado de llamarlo, y el mar, que antaño le había prodigado la sensación de una inmensa compañía, ahora se negaba a hablarle, no le llevaba el rumor de los puertos, ni el canto de las gaviotas, tampoco le enviaba una fuerte borrasca que le sacudiera las entrañas y en la que pudiera perder la vida. No, había quietud, la rutina de los hombres de tierra le había invadido, y el mar le había retirado la gracia de lo inesperado, esta era la causa de su desasosiego.

Así pasó el día, sentado en cubierta, solo sosegado por el mecimiento del Stephanie , al menos su navío no lo había abandonado. El viento todavía le salaba el alma, le daba sabor a ese cuerpo insípido; a veces se lamía la punta de los dedos y sintiendo la sal en ellos decía para sí: “Todavía soy un poco mar”. Pensando, esperando, se pasaba los días sentado en cubierta, probando la sal de sus dedos y lanzando distraídamente la red, hasta que empezaba a oscurecer, no podía dormir en el barco, sentía que aun no tenía derecho a permanecer tanto tiempo en el mar, por lo que regresaba a su sórdida habitación cerca de la costa.

El marinero sabía exactamente lo que había perdido, pero no tenía certeza de cómo recuperarlo. Abandonó el mar cuando su barco encalló violentamente en un arrecife cerca de las costas del Japón. Recordaba todavía el cielo bajo el cual ocurrió el desastre, el estruendo del metal deformándose y las cartas de navegación desperdigadas en la cabina. Cuando el marinero pudo erguirse vio a sus hombres, aun sin recuperarse del impacto, tambaleándose y sorteando la proa astillada, como si caminaran sobre un suelo tapizado de cadáveres.

La carga que transportaba quedó reducida a madera, metal y vidrios rotos, por lo que ya no sería posible esperar una remuneración, pero lo que le contrajo el pecho al marino fue el daño que sufrió el Stephanie, el casco y parte de la proa convertidos en ruinas metálicas. Tomó su cara entre las manos, y dejó escapar un largo suspiro al tiempo que las uñas le lastimaban el rostro, después de haberlas retirado de la carne, se dispuso a pedir ayuda.

Los marineros locales llegaron poco después de haber amanecido, dándole tiempo suficiente para entregarse al goce de la melancolía y al whisky. Sentía una vacuidad amarga al ver como halaban con pesada maquinaria a su amada embarcación, aunque él mismo sabía que tal procedimiento era prácticamente inevitable; y si bien no era un hombre que se considerara a sí mismo pasional, no logró contenerse y entre gemidos vociferó exigiendo que tratasen con respeto los restos de su navío. Los estibadores apenas y repararon en el capitán, y reanudaron su labor. El marinero consideró que su barco estaba siendo tratado como una cosa, algo que para él era una infamia imperdonable.

Nadie que lo conociera podía afirmar que el marinero considerara al Stephanie una persona, pero sí se tenía la certeza de que para él tenía un significado fundamental, que parecía trascender cualquier noción de sujeto u objeto. En parte por esta incomprensible relación del capitán con su Stephanie, y en parte por el dolor propio de la frustración y de la impotencia, el marinero no soportó la imagen de individuos y de cables de acero rodeando las dimensiones del barco.

Después de haber asestado unos cuantos puñetazos, poderosos, pero inútiles, a algunos estibadores, fue dominado por su propia tripulación, que no exigió su paga, pues sabían que ellos solo habían perdido unos meses de trabajo, mientras que el capitán veía pasar su vida frente a él en trozos de metal húmedo. Los agredidos clamaron palizas, y hasta muerte, pero al ver los ojos enrojecidos y fijos en la nada, junto con las marcas aun carmesís de las uñas en el rostro del marinero, consideraron que estaba además de terriblemente borracho, también loco. Su tripulación naturalmente sabía que no era así, y que su capitán habría deseado cualquier enajenación de la cordura para no sufrir con la implacable realidad de la vigilia, nadie estaba más desasosegado que él, era la visión de un hombre que tomaba en sus puños el polvo de su hogar destruido.

Meses más tarde, el capitán, bajo el ardor de la desesperación de quien cuida a alguien amado a punto de morir, logró reparar al Stephanie, dejándola bella y con semblante orgulloso, pero la sola idea de verla de nuevo herida y manoseada por hombres indignos le causaba pavor. Dejó su nave al cuidado de un antiguo colega, en un astillero próximo al olvido, donde reposaría flotando perenne sobre las aguas; su hogar estaría a salvo allí.

El marino, miraba desde lejos el último reflejo del sol vespertino sobre el mar, creyó que la arena brillante de la costa lo despedía con un último fulgor. Fijó la vista en el brillo hasta que estuvo seguro de que sus ojos lo retendrían como una herida por unos instantes, y después partió en busca de algo que no conocía, pero que deseaba, se adentró en el continente, en la tierra.

Años después, mientras navegaba hacia la costa, recreaba la imagen de su barco en el arrecife, recordándole la razón de su ausencia y de su retorno. Después de probar diferentes oficios en tierra, entre los que contaba la carpintería, la herrería, la de guarda y hasta la de tabernero, se encontró definitivamente vencido, el suelo bajo sus pies jamás se movía, cada día era igual que el anterior, con olor a muerte, a vida que se descama de una carne que cada día se pudre más. El mar le era distinto, daba la gracia de lo inesperado, de las estrellas y del antiguo astrolabio, de la tormenta imprevisible, del oleaje, peligroso, indomable y pendenciero.

Nunca se quedaba demasiado tiempo en un mismo lugar, y si bien sus constantes cambios de oficio, y su negación inapelable a fijar los pies en el suelo lo circunscribían en la condición de vagabundo, no era suficiente para reemplazar el mecimiento eterno de su mar. No renegaba de ser llamado capitán por quienes reconocían en su rostro su pasado de mar, sin embargo, no toleraba nada que le recordara su vida de marino, siéndole insoportable la vista de un rio caudaloso, o las historias marítimas que escuchaba de vez en cuando en las cantinas. Sus días de hombre de tierra pasaban inscritos en el desprecio de lo que precisamente amaba más.

No le era fácil vivir así, en las noches sentía el olor a madera metal y sal que emanaba de su cabina en el Stephanie, el martilleo de sus días como herrero le recordaba los astilleros visitados, y hasta el andar perdido de sus momentos de borrasca interior le recordaban por segundos el mecimiento de su navío. Evitaba al máximo la cercanía a ríos navegables y se alejaba presuroso cada que escuchaba a lo lejos la bocina de algún barco.

Sabía que no podría escapar eternamente, así lo decían las antiguas canciones marinas: lo que es del mar, retorna al mar, canturreaba el capitán desde muy joven; y como si la canción se hubiera tornado en el eco de un destino largamente postergado, el marino se vio una noche intentando sortear un río que entorpecía su trasegar de vagabundo, cuando un reflector le hirió la vista, un barco mediano con insignias oficiales navegaba en medio de la penumbra, la sombra de la embarcación se confundía en el reflejo de las aguas con la sombra de los árboles y daba el aspecto de ser una pintura. La luz seguía fija en el marino, y entendió que no escaparía esta vez. La bocina del barco sonó con toda potencia, llamándolo, pero para él no era el barco quien lo llamaba.

Tal sonido le inundó todo, era el llamado del mar, poderoso, implacable, que aparecía con visiones de estrellas, de ballenas, de arpones, de naufragios y de muerte. El capitán sintió que el sonido de aquella embarcación agolpaba toda su sangre, como un inmenso oleaje rojo que se estrellaba poderosamente contra sus venas, entendió entonces que él nunca estuvo lejos del mar, que sus años en tierra fueron ilusorios, él siempre había pertenecido a las aguas saladas. Escapó hacia los árboles, regresando en un viaje de varios días, en busca de lo que había abandonado.

Al regresar al mar, este le hacía pagar su infidelidad de la peor manera, y el Stephanie mediaba entre ambas partes, meciendo al deshonrado marinero en medio del tedio de no escuchar verdaderamente los rumores del océano. Finalmente llegó a la costa, amarró cuidadosamente su barco, lanzó por la borda los peces podridos y conservó los pocos que podían valer algo en el mercado, pero que se pudrirían antes de llegar allí. Cuando se disponía a dormir envuelto en la sal del día, escuchó a lo lejos un fuerte trueno, un relámpago iluminó la estancia, el resplandor le dio esperanzas al marinero, recordó el fulgor de la arena que lo había despedido hacía años.

A la mañana siguiente vio al Stephanie envuelto en la bruma, su nave reposaba tranquila mientras el viento humedecido soplaba con calma pero con autoridad. El marino sabía que venía una fuerte tormenta, llena de resplandores, así que se apresuró a ocupar su lugar frente al timón, soltó los amarres de su embarcación, y besó la cubierta, sus labios sintieron la sal “Eres toda mar” dijo en voz alta. No usó el sextante, ni la brújula, pues sabía perfectamente en qué dirección estaba la borrasca, el mar había vuelto a hablarle, sus sentidos le indicaban el oeste, y hacia allí se dirigió, el rocío que pronto pasó a ser aguacero le confirmaron que estaba en la dirección correcta.

El Stephanie saltaba orgulloso sobre olas cada vez más fuertes, se encontraban lejos de la costa, y un cielo cada vez más gris se cernía sobre ellos, el tono rojizo del alba despuntaba al oriente, y su tono llegaba al oeste ya anaranjado a fundirse con el gris borrascoso. El capitán sabía que esta era la última oportunidad que tendría de recuperar la gracia del mar, pues en tal tormenta habría de perecer para diluirse para siempre con los corales, los peces, y las aguas de todo el mundo. Poco a poco volvía a escuchar los puertos, los rumores de Hong Kong, el acento londinense, las guitarras del mediterráneo.

Sentía como el metal de su embarcación se contraía frente al mar embravecido, pero su nave se abría paso con una proa cada vez más soberbia. El marino estaba sordo al estar rodeado de fuertísimos truenos, pero dentro de sí escuchaba las gaviotas y los albatroces de cielos sosegados. El marinero, el hombre, era de nuevo uno con el mar, estaba en la sagrada unidad de todas las cosas, era ahora parte del origen y del fin de la vida y queriendo honrar el retorno que las aguas le habían permitido, aumentó algunos nudos a la velocidad del Stephanie rumbo al ojo de la tormenta.

Una gran ola casi expulsa al marino de la cabina del barco, estaba empapado de agua salada y de agua de lluvia, era también mar y cielo, y no podía decir cuál de los dos lo reclamaría para sí. Dentro de él, que escuchaba todos los rumores de los puertos y de los mares, consideraba que la muerte era cosa pequeña comparada con tal plenitud, y por ello, al ver un rayo de luz amarilla surcar entre las aguas embravecidas y el cielo borrascoso, no temió a la inmensa columna de agua huracanada que abría sus fauces de poderoso animal ante la embarcación, era el retorno, el fulgor. Se sintió eterno, invencible cuando supo que el Stephanie resistiría. Después del implacable embate, ambos, barco y hombre fueron calentados por el sol, en todas las costas, en todos los puertos.

Juan Fernando Aguilar Cárdenas.

El Viajero y las Hojas.

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Solté mi bastón, al caer sobre las hojas secas hizo un ruido sordo.  Pensé: “Esto fue lo último que escuchó el bosque,  el bastón de mi hermano al caer, antes de que su cuerpo se desplomara también sobre la tierra y las hojas”.  Pero aquel pensamiento lo consideré baladí, la muerte de mi hermano ocurrió cuando las hojas verdes cubrían las ramas, hacía ya varios meses, esas hojas secas esparcidas por el suelo eran otro bosque, él no había perecido allí. Tal reflexión me causó desasosiego.

Realmente no pude explicarle a quienes me preguntaban, qué era lo que me hacía viajar hasta ese bosque oscuro. Supuse que quería seguir sus pasos, hospedarme dónde él se había hospedado, hablar con quienes hablaron con él, buscar sus huellas en la tierra húmeda por el rocío. Pero la verdad es que ni yo mismo tenía una respuesta. Mi hermano había muerto, eso era lo único que sabía, que unos cazadores lo encontraron al pie de un árbol con una soga al cuello, cuando las hojas eran verdes. Tampoco conocía el objetivo de mi búsqueda, pero miraba con mucha atención al suelo, al cielo, a los árboles, los insectos, me convencí de que efectivamente buscaba algo.

Hacía varios meses que estaba por la región, partí un mes después de su funeral. Encontrar su ruta de viaje no revistió una dificultad insondable, pues aquel lugar montañoso disponía de pocos caminos, bastaba con preguntar en alguna posada, pues eran pocos los viajeros. Algunos encargados se mostraban reticentes a dar información, pero la mayoría cedían cuando les decía que yo era el hermano del que había muerto. Su supuesto suicidio había sido noticia, por esas montañas la gente sólo moría de vieja.  A veces acertaba con algún lugar donde había pasado una o dos noches, el sueño me vencía mientras miraba al techo, y pensaba “¿Esto habrás visto?”. Pero lo que veía eran vigas apolilladas, era incapaz de ver su significado.

Mientras pasaba las noches en busca de su rastro, trataba de reencontrar el significado, lo que una persona ve en el techo, antes de que el sueño lo derrote. Hacía muchos años, en la casa de mis padres, mi hermano me contaba lo que veía, no sólo antes de dormir, sino en el sol, la tarde, las hojas. Hablaba de pequeños universos que pueden verse cuando la mano húmeda se pone a la luz, o de los caminos en la tierra formados por hojas. Nunca tuve la habilidad para ver nada parecido, pero cuando lo escuchaba hablar, sentía que el mundo era más amplio. Cuando abandonó el hogar, perdí  poco a poco la escasa visión que había obtenido, las vigas para mí eran solo eso, de vez en cuando veía alguna polilla revolotear cerca de ella.

Cada mañana reemprendía el camino, miraba las montañas lejanas desaparecer entre las nubes grises, el rocío caía sagradamente todas las mañanas y solía continuar toda la tarde.  A medida que avanzaba apoyando el bastón sobre la tierra mojada, las montañas parecían hacerse cada vez más y más lejanas. Creí que esto le había fascinado,  un camino infinito, con un destino que solía alejarse a cada paso. Para mí, no era nada más que la neblina que creaba formas y ocultaba otras, aun así continúe, mientras que poco a poco crecía un discreto placer en mi interior, disfrutaba las gotas de rocío que entorpecían mi marcha y nublaban mi vista.

El sol aparecía algunas veces, y me daba cuenta de que las montañas no eran grises, sino inmensamente verdes, como un musgo gigante. Los caminos eran más transitados en esos días soleados, y podía finalmente ver rostros plenamente, sin la capucha que protegía al portador de la lluvia. Yo también descubría mi rostro, y después de saludar y de ofrecer algún cigarrillo, preguntaba por el hombre que se había matado hacía unos meses. Me daban nuevas indicaciones, debía atravesar más montañas, y me desanimaba, pues a pesar de seguir una línea relativamente recta, tenía la sensación de andar en círculos. Por la misma razón, decidí trabajar en algún lugar cercano, no necesitaba el dinero, pero necesitaba descansar, perder de vista el camino.

Recuerdo que trabajé en distintos oficios a medida que continuaba, me alejaba del camino por algunos días, y regresaba a él hasta encontrar un nuevo oficio. El primero que desempeñé, fue el de agricultor, una familia necesitaba un ayudante en los cultivos, así que les ayudé. Aprendí rápido, y pronto podía entender la tierra, me daban hospedaje, y trataba de ver como mi hermano, hacía ese ejercicio siempre antes de dormir. Fallaba, pero lo seguía intentando.

Trabajé también como guardián, cuidando una bodega al lado del camino. Mientras trabajé allí no dormía de noche, encendía un cigarrillo y veía las montañas lejanas a través del humo, las montañas eran negras, sin apenas una luz que las delatara, pero estaba tan acostumbrado a verlas desde lejos, que las podía encontrar en medio de la penumbra. Dormía de día, por lo que el rocío no me tocó. Cuidé enfermos también, y me sorprendía lo que una persona imaginaba a las puertas, no del sueño, sino de la muerte. Hablaban de irse volando a través de la ventana cuando llegara el momento. “¿Esto pensaste tú?” preguntaba mirando hacia el techo.

Cuando cuidé enfermos, también pasaba noches en vela, pues estos se dormían, ninguno murió mientras estuve allí en ese pequeño puesto médico, mi única compañía eran los grillos, las polillas, y algunas hormigas que transportaban insectos muertos sobre el alfeizar de la ventana, parecía una procesión funeraria, unos cantaban,  y otros emprendían la marcha cargando el cadáver. De vez en cuando alguno de los enfermos se despertaba, y me descubría poniendo esmerada atención a mis diminutos compañeros de vigilia. El enfermo sonreía y volvía a dormir, yo retomaba mi observación.

El camino no me presentó más lugares en los cuales trabajar, por lo que mi marcha continúo hasta las montañas más distantes, pero ya no encontraba posadas, apenas encontraba transeúntes. Más de una vez dormí en el suelo, al cobijo de un árbol. Aquellos días de marcha a la intemperie no paró de llover, la visión de mi destino era todavía más nublada, y caí varias veces sobre el barro. No me sentía deprimido, pero si exhausto, aprovechaba los arboles para comer y racionar las provisiones que me quedaban, también limpiaba el barro de mis botas y el de mi bastón, que cada vez se enterraba más en el camino, como una aguja sobre un mueble.

No me di cuenta, pero había llegado a mi destino, al fondo se extendían más montañas, pero había llegado a la precisa, la que me habían indicado muchas veces durante todos esos días de camino. La tierra estaba seca, y los árboles amarilleaban bajo el sol de la tarde. Vi un pequeño grupo de viviendas,  en el  que había una posada. Pagué la estadía y dormí por fin sobre una cama. La mañana siguiente, no llovió, el rocío no cubría las verdes montañas, ni mojaba el camino, la encargada del lugar me ofreció café, y un cigarrillo, y sin que yo le preguntase nada, me dijo que hacía unos meses, cuando todavía era primavera, habían encontrado a alguien muerto en el bosque, ese hombre se había hospedado allí, y dejó todas sus cosas antes de atravesar la montaña.

La mujer encendió un cigarrillo también, y dijo que el hombre había dicho que no tardaría, llevó en su maletín, una soga, un cuchillo, y algunos bocadillos, también llevó su bastón en la otra mano. Había sido la última persona de otra región que se había hospedado allí. No dije nada, la mujer terminó de fumar su cigarrillo, y después de apagar la colilla con un pisotón, dijo “Hace mucho no llueve por aquí, la ubicación de este paraje parece evadir la lluvia, suena extraño, pero así es”. Dio unos pasos hacia afuera, y añadió “El día de su muerte había llovido mucho”.

Al dejar caer el bastón sobre las hojas secas, creí que aquello era inútil, que mi viaje había sido un fracaso, ¿qué hacía allí? Tan lejos de todo lo que había conocido, de las comodidades en la ciudad. Los arboles me recibían con muerte, eso pensaba mientras me encontraba desplomado en el suelo mirando hacia arriba, las hojas continuaban cayendo. Desperté horas más tarde, vi el sol vespertino sobre mí, vi también la muerte, y quise que esta me abrazara con tranquilidad. ¿Esto había visto él?, pero no lo comprendía, él murió en medio de la vida, de la lluvia y de lo verde.

Me levanté y me dirigí hacia un borde del bosque, al fondo había un precipicio, no muy profundo, pero si lo suficiente para matar a un hombre, me puse de espaldas, mirando de frente al bosque. Y mientras las hojas secas caían sobre mí como una lluvia, pensé en lanzarme montaña abajo, di un último vistazo al cielo, y en él vi todas las cosas de este mundo, lo bello, y también lo taciturno. Desistí de lanzarme, creí que podía soportar el conocimiento que había adquirido allí, en ese claro vespertino, y después de meditar largamente sobre las cosas que había visto, reemprendí mi camino hacía ninguna parte.

Juan Fernando Aguilar Cárdenas.

 

Este cuento fue publicado en Marzo del 2014 por el diario El Espectador
http://blogs.elespectador.com/elmagazin/2014/03/13/el-viajero-y-las-hojas/